
En un cubículo de mármol se posó a descansar porque el tiempo no dejaba que su vida intente un rodar. Los días se han extinguido en un melancólico transitar. La nada como lo anhelado, la espera como el consuelo de un devenir próximo y auspicioso. El estar se transforma por el pensamiento que teje enredaderas de esperanzas luminosas, por confianza, por anhelos, por carcajadas sin tiempo. El temor al baldío detiene y paraliza un accionar reproductivo pero el ritmo en paralelo traza su línea hacia el polo opuesto. Un lugar sin paradero, un nombre extinguido pero un rumbo que sin destino se configura por un caminar auténtico. Aparentemente caprichoso se muestra el rígido caminar, se estructura en moléculas de cartón para no perder de vista la anhelada seguridad. Apenas detiene su paso, por un rugir o por un alto mirar, se le escapa, se diluye, la corre y la ve entrarse en un bolsillo de algún terrenal. Todos y nadie son lo mismo en ese transitar, no es momento de dilucidar por qué se la han llevado y ya no hay con qué contar, solo sentarse en la silla de la condena del ángel negro y el gusto a sal...

