Dicen que la vieron caminando en la noche oscura y silenciosa de Buenos Aires. Partía de lugares añejos que le hicieron recordar ciertos recovecos profundos que en su alma parecía acorralar. Porque quienes cruzaron con su mirada atisbaron en su mejilla un correr de una gota antigua de puro rimel y una sombra que quiso estallar. Sonaba una música triste y melancólica pero feliz al mismo tiempo, como aquella frase que solía recordar, de aquel personaje que una vez, en una de sus noches de soledad, había dejado sus notas por su cuerpo traspasar.
Tantos personajes de la noche, de penumbras y de puro talento que en su piel irradiaba una contagiosa ansia de imaginación, anhelo y pura creatividad.
Se sentó en una esquina en donde la luz cenital hacía sombra en su rostro. Ella no quería que su semblante mostrase su penar, a pesar de que los otros la veían con tanta vida y mucho andar. Ella estaba muriendo allí, como en una orilla, frente al mar, tirando deseos al agua y pidiéndole a las olas que se lleven aquello que ya no le serviría a su caminar.
Cuantos espejos que hoy la muestran desnuda peinando su brillantez aunque ella siga peinando ese viejo y largo cabello. Cuánto anhelo, cuánta ilusión, cuánta fantasía que quiere hacer canción.
Ya se acuesta en su lecho, con la mirada triste de pensar, abre los ojos bien grandes, sacude esas mantas que cobijan tanto pasado ancestral, y levantando el mentón al techo y abriendo como en un último suspiro sus ojos, se despide, dice adiós en profundo silencio.
