
Es la muerte la que trajo consigo la belleza
Es la muerte la que ha dejado huellas por donde caminar
Es la esperanza de la muerte
Es la sabiduría de la muerte
Es ser muerte
para saber nacer.
Parada en la orilla del mar tendió sus ropas sobre la arena y rodando sobre su piel
se dejó caer por los medanos que la arrojaron al mar,
ese cúmulo de agua revoltosa,
reparadora, transformadora…
Devolviéndola erguida y casi transparente
se hecho a correr,
estornudó,
eructó
y abrigó su cuerpo del frío húmedo de mar.
Sentose a esperar
Y la melancolía olió su ser queriendo adueñarse de él
pero cada uno de sus movimientos
eran intentos de huida a semejante tentación.
Tan proclive
Tan deseosa
Tan cómoda
Le resultaba la melancolía
Que podía pasarse días enteros inmersa en ese mundo
Sin procurarse
Sin estremecerse.
La dicha del vuelo
la hizo levantar su mirada al cielo
y sus zapatos la hicieron danzar
Hasta la oscuridad
Hasta los jardines encantados
Hasta los túneles sin humanidad
Su cuerpo hastiado de movimiento
quería aquietar el mover
pero los zapatos danzaban
Sin cesar.
Agarrose a un árbol firme, añejo
y sin perecer.
Y sus piernas flotaban
Como hojas en el viento.
Pudo una pierna sujetarse a un lado
de aquel castigado tronco
para arrancar de sus pies esos hermosos zapatos
que el infierno le hicieron conocer.
