lunes, 5 de marzo de 2007

Diálogos. Amores. Muertes.


Habíase trepado hasta el mástil cuando oyó su silbido agudísimo. Rápidamente frunció el entrecejo, sus ojos se abrieron como dos píldoras doradas y recordó aquel diálogo entre penumbras: “No llores, sí que me gustas, sí que te quiero, pero bueno... alguna vez volvería a acostarme con un hombre... pero eso no nos afecta.... Pasarlo bien y nada más. Tú siempre hablabas de libertad.... No llores: al final siempre vuelvo a ti”. Frenó su paso de spaghetti western y con un gesto que iniciaba la empuñadura de su arma, sacó su pañuelo violeta y se secó las gotas que bañaban su frente. Miró a sus costados, sin un mínimo movimiento que lo descubriese ante tal ceremonia solipsista. A puro reojo, continuó en la retaguardia de andares nostálgicos. “Me duele el corazón como si me hubiesen clavado algo”, pensaba; “No tiene por qué dolerte. No hace falta”, se respondía. Allí mismo, largó un suspiro que había estado conteniendo durante ese uniforme pensar y continuó, escalón por escalón, trepando por ramas resquebrajadas que crujían pero que nunca terminaban de estallar, cuando algo resonó en aquello que Petra alguna vez le había anunciado: “Tener dolor: quien necesita sin necesitar no necesita nada que necesitar”; “¡Ah, Petra! Yo no soy tan lista como tú, ni culta. Eso ya lo sé” le dije, pero ella me respondió, “Te quiero, eres preciosa. Me duele todo de tanto quererte”. El decoro de esas respuestas estupefacientes colmó de oscuro sudor su cuerpo tomando sus labios hasta que escupieron parlamentos alienígenas, insurrectos y condescendientes. “Ahora comprendo el romanticidio”, se dijo, corriéndose el pelo de la cara. Se tocó la frente y el sudor caía por sus patillas de pelo suave y lacio. Crujió la madera, levantó su mirada y reconoció que de un grito había recorrido la historia... “Te odio, te odio, te odio, te odio. Si al menos me muriese, sencillamente irme”.

No hay comentarios: