Sentada en su trono de placeres concedidos y concebidos
De repente
Como en un instante de lucidez
Sintió la fuerza extraña de un ser
Que por cierto no era el suyo propio
Era similar a aquel que en un tiempo atrás había leído
En páginas descoloridas y amarillentas
Uno que contaba la historia de un señor con barba azul
Allí sintió decepción.
Allí se dio cuenta de que había abierto La puerta.
Allí en donde yacían todos y cada uno de los cadáveres
Ocultos,
todas las verdades guardadas como tumbas sepulcrales.
Ya sin más preguntas ante tantas respuestas
dejó de respirar;
nunca hubiera imaginado tal magnífica sensación:
La no respiración.
Su cuerpo en las tinieblas de ese castillo del horror
sin causa y sin pausa
concibiendo la insistencia ajena
en provocar un dolor:
ese padecimiento que echa tierra envuelta en huesos añejos y obsoletos
por sobre su cara
sin juicio
ni valor.
Sin más que mirar a sus ojos cobardes
procuró media vuelta
cerrando la puerta de aquel inmenso castillo
Y se fue,
Al fin
Se fue.


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